Hay bodas que se sienten como una producción, y hay bodas que se sienten como una fiesta familiar que además resultó ser una producción. La de Alex y Andy fue las dos cosas al mismo tiempo, y esa combinación fue exactamente lo que la hizo tan bonita de documentar.
Alex y Andy son mexicanos, pero radican en Canadá — y para casarse eligieron regresar a Ciudad de México, a uno de los lugares más emblemáticos para bodas hoy en día: El Altto, en San Ángel. Alrededor de esa decisión armaron un día que giró en torno a algo muy simple de nombrar y muy difícil de lograr: mucha luz. No solo la luz natural de la tarde — aunque también esa —, sino una producción completa de iluminación y sonido que, ya entrada la noche, convirtió la fiesta en algo casi cinematográfico.
Voy a ser honesto: al principio de esta boda sentí unos nervios que no siento seguido. Alex se dedica al cine y a la fotografía en Canadá — es decir, no solo iba a vivir su boda, la iba a ver con el ojo de alguien que hace esto profesionalmente. Supuse, quizás sin necesidad, que sus expectativas iban a ser más altas que las de cualquier otra pareja. Pero desde los primeros preparativos esa tensión se disolvió sola. El día fluyó, la luz cooperó, y lo que quedó al final —para ellos y para mí— fue un resultado que a los tres nos encantó.
Preparativos con calma
La mañana empezó en un cuarto de hotel con vista a Ciudad de México, con esa luz plana y honesta que entra por una ventana grande antes de que el día se acelere. Alex se arreglaba mientras su papá lo acompañaba en silencio, y ahí, en ese cuarto, ya se sentía algo del tono de todo el día: calma, sin prisa, con la gente correcta cerca.
Del otro lado, Andy se preparaba con el mismo ritmo pausado. De los detalles que más me gustó documentar ese día fue el vestido — el trabajo de encaje, el anillo, las manos entrelazadas un segundo antes de que todo empezara.
La ceremonia en El Altto
El Altto tiene ese tipo de arquitectura que no necesita ayuda para verse bien en fotos — retablo dorado, luz que entra en columnas desde lo alto, y un peso casi solemne que contrasta después con la fiesta que viene. Fue justo ese contraste lo que hizo tan interesante documentar el día completo: la ceremonia con su silencio y su ceremonia, y unas horas después, la misma gente bailando bajo luces de colores en el mismo lugar.
Cuando salieron de la ceremonia —la foto que abre esta entrada— hubo burbujas, aplausos y ese alivio compartido que se siente cuando la parte más formal del día ya pasó y lo que sigue es simplemente celebrar.
Retratos por Ciudad de México
Entre la ceremonia y la recepción tomamos un tiempo para recorrer la ciudad con Alex y Andy — un auto clásico prestado, arquitectura de fondo, y esa sensación de que, sin importar dónde vivan ahora, Ciudad de México sigue siendo suya.
Una fiesta con toda la familia — y con mucha luz
Ya entrada la noche fue cuando la producción de luz y sonido que mencioné al principio tomó protagonismo: pista de baile, luces en movimiento, un DJ que no dejó de leer bien a la gente ni un momento. Pero de todo lo que pasó esa noche, lo que más se quedó conmigo no fue la producción — fue un baile en particular.
El papá de Andy se mueve en silla de ruedas, y aun así no hubo manera de que se perdiera el baile con su hija. Lo vi acercarse, tomarla de la mano, y bailar con ella frente a todos los invitados de pie. No fue un momento planeado para la cámara ni para nadie más que ellos dos — y por eso fue, sin duda, la foto más importante que tomé ese día.
El resto de la noche fue exactamente lo que promete una buena fiesta mexicana: familias completas en la pista, luces de colores, y ese tipo de alegría que no se puede fingir.
Si algo caracterizó esta boda no fue solo la producción de luces o lo emblemático del lugar — fue que, en medio de todo eso, lo que más se notó siempre fue el cariño de las familias y las ganas de Alex y Andy de empezar este proyecto de vida juntos. Ese es, al final, el tipo de boda que más disfruto documentar.
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